jueves, noviembre 18, 2004

Artículo de Rosa Regàs en favor de la biblioteca (pública y laica).

La biblioteca pública, nuestro hogar
Rosa Regàs
Si defendemos lo público frente a lo privado no es sólo porque lo público alcanza a la población entera y lo privado sólo a aquella que se lo pueda permitir, sino porque lo público, en un país de Constitución laica como el nuestro, supone que nunca las creencias pasarán por delante de las ideas. Las ideas pueden resumirse en cuatro que son también las fundamentales: justicia, libertad, igualdad y solidaridad, y son aplicables a todo el género humano, mientras que las creencias sólo pueden ser aplicadas a los que en ellas creen a no ser que quienes las defienden se consideren fundamentalistas. Entonces la religión, la moral, la patria o la tradición se imponen a los que tienen distintas religiones, morales, patrias y tradiciones, pasando como es de suponer, por delante de las ideas.

La biblioteca pública se rige, pues, por los mismos principios que se rige la escuela pública laica y la sociedad laica. En una biblioteca pública no hay criterios de selección que dependan de tal o cual principio moral, religioso o patriótico, sino sólo por el principio de dar a conocer el mayor número de publicaciones de calidad de todo el espectro nacional e internacional que los recursos de que dispone la biblioteca le permiten, sean o no aceptables por tal o cual creencia. Por lo tanto, el conocimiento que se adquiere en la biblioteca pública, puede ser universal y defiende el principio de igualdad y de justicia universales, no sometidos a otros principios religiosos o morales.

La escuela pública además tiene las puertas abiertas a toda la población sin distinción de edad, de categoría ni de clase social, a la que atiende de forma desinteresada porque se nutre principalmente de los fondos del Estado que no son otros que los que los ciudadanos pagamos con nuestros impuestos. Por lo tanto la Biblioteca pública es un bien colectivo, un patrimonio de la sociedad, que gestiona en nuestro nombre el propio Estado.

La Biblioteca pública es un elemento indispensable para la formación de los ciudadanos, sobre todo de los ciudadanos que están en periodo escolar. No sólo porque en ella pueden encontrarse los instrumentos necesarios para una investigación por somera que sea, no sólo porque la biblioteca dispone de muchos más títulos de los que un ciudadano medio puede almacenar en su casa, sino porque el contacto con los libros nos sumerge en un mundo infinitamente más vasto y complejo que el que nos mantiene en los dos o tres libros al mes o al año que exige el profesor de literatura. Porque en la biblioteca el alumno aprende a conocer y reconocer títulos y autores, a familiarizarse con ellos, a establecer comparaciones y tender puentes entre temas y periodos de tiempo, lo que le resulta mucho más difícil hacerlo en su casa, por más que sea de una familia aficionada a la lectura y al estudio. Y este aspecto del conocimiento es fundamental porque de algún modo va consolidando las enseñanzas que se reciben en la escuela.

A mi modo de ver todo plan de estudio debería contener dos o tres horas semanales de biblioteca, no como una distracción ni como un lugar donde ir a hacer los deberes o a buscar un libro determinado, sino como una asignatura que tuviera como objetivo nuestra inmersión en un universo que no es más que un ejemplo del universo de creación que deseamos que sea nuestra vida, un universo donde hay que descubrir por uno mismo los tesoros que contiene lo cual despierta nuestra curiosidad, acrecienta nuestra inteligencia, agudiza nuestra atención y nuestra comprensión y facilita el ejercicio de pensar.

Un niño encuentra en la Biblioteca mucho más de lo que su imaginación busca porque el ámbito que nos ofrece no tiene límites. Estamos demasiado acostumbrados a dar a nuestros hijos placeres compactos que vienen definidos en unas instrucciones adosadas a ellos. Y es necesario que la imaginación y la fantasía se pongan en marcha no sólo para descubrir los infinitos mundos que ofrece la lectura sino para ir adquiriendo poco a poco conciencia de nuestras propias posibilidades, de nuestras facultades, a fin de saber cada día un poco más lo que nuestra inteligencia es capaz de inventar, fabular, poner en práctica.

En una Biblioteca pública, laica, encontrará el lector, tenga la edad que tenga, los elementos fundamentales para que su criterio se vaya desarrollando y fortaleciendo, y será el conocimiento de tantas y tan vastas concepciones del mundo y de su historia las que irán formando su espíritu en una solidez democrática que sabrá respetar el pensamiento de los demás, juzgarlo y hacer suyo el que más le seduzca, el que crea más justo. Porque un pensamiento democrático se elabora más solidamente cuanto más amplio sea el panorama del conocimiento al que tiene acceso. En este sentido la Biblioteca pública y nuestra asistencia a ella de forma habitual y continuada constituye un aspecto indispensable de nuestra formación sobre el fundamental respeto que debemos a los demás ciudadanos sea cual sea la época de la historia que les haya tocado vivir.

En la Biblioteca pública encontramos los fundamentos para recuperar definitivamente nuestra memoria histórica sustituyendo el conocimiento desfigurado que recibimos, por los testimonios de los que fueron protagonistas de unos hechos que se nos han escamoteado y que las escuelas de estos veinticinco años de democracia han ignorado. Así puede decirse que al margen de los libros que adquirimos en las librerías todos deberíamos prever en nuestra agenda un paseo regular por los estantes de la biblioteca de nuestro barrio a fin de comenzar a llenar los huecos que esta memoria ha dejado, huecos tan profundos que muchas veces hemos acabando confundiendo con el paisaje real de nuestra historia.

Además ¿hay algo más hermoso que descubrir por uno mismo un mundo de ficción que nos convertirá en recreadores, creadores, de una historia más real que la propia realidad de la que procede? Este placer es el que, por encima de todo, podemos descubrir en una Biblioteca pública, siempre que asistamos a ella las veces suficientes como para convertirla en nuestro hogar.

7 Comments:

Blogger texcatl said...

Para animaros al comentario de estos dos artículos que para mí se van a convertir en referentes de la literatura biblioteconómica moderna.

Por cierto, los dos se prestan a ser comentados un delicioso viernes en Políticas de Información y Documentación puesto que la apertura del depósito de la Nacional en Alcalá de Henares sugirió un debate entre conservación del patrimonio bibliográfico y la titularidad y uso públicos de la misma.

10:31 AM  
Blogger Yavannna said...

Ya la hemos liado... que sé que eres una fuente de memoria andante y no perdonas :P

Pues voy a seguir diciendo lo mismo... que es un arma de doble filo jejejejeje, qué, nos ponemos cada una a un lado de la clase... ?

11:08 AM  
Blogger texcatl said...

Ja,ja,ja, muy bueno pero significaría que voy a perder la partida porque si nos fijamos bien la Biblioteca Nacional está tan sacralizada, que no se ponen velas a los libros porque se queman. Yo creo que no pasaría nada porque se abriera al público en general y en particular a muchos grupos de usuarios que tienen una curiosidad infinita por los libros, ejem, dígase de pequeños bichos raros dedicados a la investigación por su cuenta...
De todas maneras, nos veremos e incluso se me pasó por la cabeza sacar una copia del artículo para que el profesor las vea.

1:17 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

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9:11 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

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11:13 PM  
Blogger Roberto Iza Valdes said...

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2:53 AM  
Blogger Iza Firewall said...

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11:57 PM  

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