miércoles, marzo 29, 2006

Bibliotecaria ¿típica?

Lindas ilustraciones de Matilda


jueves, marzo 16, 2006

18 de marzo de 2003

Se venía mascando una desilusión manifiesta, la certeza de que algo iba a pasar a consecuencia de ello (nunca imaginamos que en trenes de cercanías), ya habían sido las dos grandes manifestaciones después de lo del Prestige y unos cuantos locos, bibliotecarios ellos, se embarcaron en un encierro.

Todavía puedo ver la llegada escalonada de los sacos de dormir, los aislantes, los macutos, sus dueños... y la mirada resplandeciente del entonces director (servidora le avisó)y la de los encerrados, porque durante un tiempo, formamos un grupo como de vaqueros del oeste: Los Encerrados. De nosotros se hablaba, se opinaba, se tergiversaba (no nos íbamos a duchar a casa, según algunos)... Todavía tengo en la sien metidos los nervios con que nos movimos aquella tarde, víspera de festivo, y cómo íbamos planeando la nada, cómo se iba quedando vacía la escuela de gente que no fueramos nosotros, cómo se silenciaba el rumor, como temblaban las escaleras al subirlas, cómo la verja se cerró definitivamente hasta dos días después con nosotros mirando desde la ventana.

A varios grandes amigos los conocí dentro: Mario llegó con el curso de los días y todavía tiemblo al pensar la forma en que nos pusimos a hablar, sentados a medio metro sobre lo divino y humano de los libros antiguos. Con Ana me enamoré, nos pasamos hablando parte de una mañana y una tarde, tanto que nos quedamos extrañadas al ver pasar a Julio, que me conoció en pijama. David escuchó mi primera disertación sobre los hombres sentado en la escalera mientras sacudía los nervios creyendo que no corresponderían con unos palos chinos... También se estuvó despierto cuando llegué a las siete y le conté todo lo que había pasado.

A todos los que estuvieron, muchos y variados, por que ese sentimiento nunca se nos rompa.

martes, marzo 14, 2006

Bibliotecas en los libros V


Si hay algún libro que escogería el día de mañana para dar a leer a futuros descendientes y que, seguro, acaba en manos de alguna prima curiosa será un clásico moderno como es Matilda. Si conocida es Matilda, conocido es Roald Dalh, sin desmerecer las ilustraciones de Quentin Blake. No debiera entrar en detalles sobres las andanzas de esta niña brujeril, tan sólo decir que lee desde temprana edad y escapa a la biblioteca a escondidas porque en su casa se han acabado los libros.
En el segundo capítulo, nos encontramos con la Sra. Phelps la Bibliotecaria y la entrada de Matilda en la biblioteca pública:
La tarde del día en que su padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo. Al llegar, se presentó a la bibliotecaria, la señora Phelps. Le preguntó si podría sentarse un rato y leer un libro. La señora Phelps, algo sorprendida por la llegada de una niña tan pequeña sin que la acompañara ninguna persona mayor, le dio la bienvenida.
-¿Dónde están los libros infantiles, por favor? -preguntó Matilda.
-Están allí, en las baldas más bajas –dijo la señora Phelps-. ¿Quieres que te ayude a buscar uno bonito con muchos dibujos?
-No, gracias –dijo Matilda-. Creo podré arreglármelas sola.
A partir de entonces, todas las tardes, en cuanto su madre se iba al bingo, Matilda se dirigía a la biblioteca. El trayecto le llevaba sólo diez minutos y le quedaban dos hermosas horas, sentada tranquilamente en un rincón acogedor, devorando libro tras libro. Cuando hubo leído todos los libros infantiles que había allí, comenzó a buscar alguna otra cosa.
La señora Phelps, que la había observado fascinada durante las dos últimas semanas, se levantó de su mesa y se acercó a ella.
-¿Puedo ayudarte, Matilda? –preguntó.
-No sé qué leer ahora –dijo Matilda-. Ya he leído todos los libros para niños.
-Querrás decir que has contemplado los dibujos, ¿no?
-Sí, pero también los he leído.
La señora Phelps bajó la vista hacia Matilda desde su altura y Matilda le devolvió la mirada.
-Algunos me han parecido muy malos –dijo Matilda-, pero otros eran bonitos. El que más me ha gustado ha sido El jardín secreto. Es un libro lleno de misterio. El misterio de la habitación tras la puerta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro.
La señora Phelps estaba estupefacta.
-¿Cuántos años tienes exactamente, Matilda? –le preguntó.
-Cuatro años y tres meses.
La señora Phelps se sintió más estupefacta que nunca, pero tuvo la habilidad de no demostrarlo.
-¿Qué clase de libro te gustaría leer ahora? –preguntó.
-Me gustaría uno bueno de verdad, de los que leen las personas mayores. Uno famoso. No sé ningún título.
La señora Phelps ojeó las baldas, tomándose su tiempo. No sabía muy bien qué escoger. ¿Cómo iba a escoger un libro famoso para adultos para una niña de cuatro años? Su primera idea fue darle alguna novela de amor de las que suelen leer las chicas de quince años, pero, por alguna razón, pasó de largo por aquella estantería.
-Prueba con éste –dijo finalmente-. Es muy famoso y muy bueno. Si te resulta muy largo, dímelo y buscaré algo más corto y un poco menos complicado.
-Grandes esperanzas –leyó Matilda-. Por Charles dickens. Me gustaría probar.
-Debo de estar loca –se dijo a sí misma la señora Phelps, pero a Matilda le comentó-: Claro que puedes probar.
Sirva como anticipo de tan bonito capítulo.
PARA EL SR. RAMÍREZ QUE ACUSA QUE ME PRODIGUE POCO.